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Un boceto para Romero

Un boceto para Romero

Marzo: un boceto para Romero

AMÉRICO OCHOA.*

 

          El 24 de marzo de 1980 fue asesinado el Arzobispo de San Salvador. Monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez. Nació en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, El Salvador en 1917. Tomando en cuenta lo remoto de su nacimiento uno puede construir una imagen en sepia, con callejas de polvo y piedra y casas de adobe y teja…

          Pero también puede construirse un holograma completo y colorido con ríos, montañas y cataratas que rodean la zona; una actividad campesina permanente, la afluencia de comunidades indígenas cercanas; un comarquino desarrollo comercial y cafetalero.

          Hago mención de este contexto de tiempo y lugar para recalcar que su origen suburbano está en relación con un tejido de miseria y desigualdad generalizada, donde cualquier atisbo de justicia era prácticamente nulo en el paisaje social en el que Romero crece.

          No procede de una familia poderosa, puesto que su padre era el telegrafista del pueblo y su madre encargada de correos. Una vivencialidad tan profunda para la sensibilidad de un ser como Romero, no puede sino calar hondo en sus decisiones y en su destino profundamente cristiano.

Estos factores contribuyen, posiblemente, a su conversión posterior de un obispo conservador y remiso al pastor con una entrega sin precedentes a la defensa de los derechos humanos y de los desprotegidos.

          Inicia su camino (montado en una mula) hacia el sacerdocio a los 13 años, cuando ingresa al Seminario Menor de la ciudad de San Miguel, conducido por los padres claretianos. A los 20 años ingresa al Seminario San José de la Montaña de San Salvador, dirigido por la orden jesuita. En 1942 es ordenado sacerdote en El Vaticano.

          Regresa a El Salvador en 1944; para entonces, los movimientos populares habían desarrollado luchas importantes en contra de los desmanes oligárquicos empeñados en mantener un sometimiento infrahumano en contra de la población. La insurrección indígena y campesina de 1932 había dejado una huella imborrable, gigante en la memoria histórica del diminuto país. 30.000 muertos en un periodo de diez días.

          El trauma caló tanto, que por decenios los sobrevivientes y la población en general decidieron no hablar de tan nefasto episodio.

          Tanta saña desatada históricamente contra la humildad de una población analfabeta, descalza, desprotegida, explotada hasta decir basta, tiene sus orígenes en una conquista y una colonización cruenta y usurpadora, que da arranque a una oligarquía que se apodera de la tierra e instaura un régimen violento y despiadado que divide tajantemente al emporio y polariza toda postura política y social.

          El proceso urbano y un enclenque desarrollo industrial revela una clase obrera miserable desde su origen. Este fenómeno da pie al impulso de importantes jornadas de luchas populares, principalmente de obreros, de artesanos y de campesinos en el periodo en que Romero regresa de Roma a El Salvador.

 

          Durante su estadía de formación en Europa, vive en directo una de las fases más duras de la Segunda Guerra Mundial y fue hecho prisionero de guerra en Cuba.

          Fue investido obispo en 1970. El País era ya un polvorín a punto de estallar. Las condiciones deplorables de antaño se habían agudizado y las luchas sucesivas habían logrado una concientización sobre los graves problemas ciudadanos; que, además, se traducía en una formidable habilidad para organizarse. Por su parte, el régimen había desarrollado formas sistemáticas para la represión, pero el caldo de cultivo estaba listo.

          Uno de los detonantes de la época fueron las elecciones de 1972, cuando el ingeniero Napoleón Duarte es postulado a la Presidencia de la República por la Unión Nacional Opositora. El triunfo popular es arrebatado por el régimen, que hacía tiempo se había consolidado como una dictadura militar representante de la despiadada oligarquía. Lo mismo sucedería con la postulación de Ernesto Claramount en 1977.

          A eso se suma el golpe de Estado de 1979 que da como resultado la formación de una Junta cívico-militar de gobierno que tuvo la oportunidad de transformar el país y evitar el derramamiento de sangre; sin embargo, la voluntad política no da para tanto y las clases dominantes prefieren seguir adelante con el pulso político y apuestan sus cartas al desmantelamiento del movimiento popular a punta de represión.

          Tal decisión solo encareció las apuestas y en menos de un año el país estaba en llamas.

          El impulso tan violento de los acontecimientos de la época revelaba que una guerra civil se encontraba a la orden del día. Romero tenía fe en las posibilidades de transformación social que la junta poseía, pero las castas principales no estaban dispuestas a ceder concesiones.

          Es en la década de los 70 que parecen las principales organizaciones populares que aglutinarían a prácticamente todos los sectores de la población: centrales sindicales, obreros, profesionales, formaciones campesinas, estudiantes, pequeños empresarios y demás sectores representados en las organizaciones de masas más combativas hasta entonces: el Boque Popular Revolucionario (BPR), Frente de Acción Popular Unificada (FAPU), Las Ligas Populares 28 de Febrero (LP28), el Movimiento de Liberación Popular (MLP), el caso del Partido Comunista había surgido desde 1930.

          El perfil histórico cambia con la aparición de los brazos armados de las organizaciones de masas manifiestas en estructuras guerrilleras que desplazan rápidamente estrategias de desarrollo inmediato; principalmente con posiciones insurreccionalistas y de guerra popular prolongada. Es de una escisión del Partido Comunista que surgen estas organizaciones político-militares a formar parte de una lucha popular ya encarnizada en la sociedad salvadoreña.

          Aparecen las Fuerzas Populares Liberación Farabundo Martí -FPL, El Ejército Revolucionario del Pueblo –ERP, la Resistencia Nacional -RN; participa también el Partido Revolucionario Centroamericano –PRTC. Estos núcleos iniciales comienzan inmediatamente una operatividad guerrillera a nivel nacional que, a inicios de los años ochentas conformarían el FMLN.

La maraña social de la época era compleja y aceleradamente cambiante. En esa complejidad social, Óscar Arnulfo es nombrado por el Vaticano como Arzobispo de la Arquidiócesis de San Salvador 1977. Su nombramiento fue recibido con beneplácito por la estructura dominante, la oligarquía y el Estado; por su formación en la Santa Sede podían ver en Romero un aliado, puesto que incluso había sido alumno directo de quien fuera el Papa Pablo VI.

          ¡Sorpresa! La cruda realidad de miseria, desigualdad y represión cala de sobremanera en la conciencia del pastor.

          Y es que Romero no cambia de bando, porque no tiene más bandera que los pasos de Cristo; simplemente asume una conversión cristiana muy honda y conmovedora venida desde el contacto directo con los humildes, los desprotegidos. Su única inspiración fue siempre la providencia amorosa de Dios, el Evangelio.


          Siendo un profundo conocedor del misticismo religioso podemos asumir que Romero entiende la Trinidad como la relación entre el Padre; representante de la infinita bondad, lo desconocido y el bien posible; el Hijo como la realidad viva, tangible; el pueblo como el cuerpo de Cristo vivo y sufriendo, y el espíritu Santo como el dador de la sabiduría para entender esa relación y la actitud para la conversión.

          Romero ve la necesidad de la transformación profunda más allá de las reivindicaciones sociales y políticas; pugna por una paz con justicia social; pero además insiste en la conversión del espíritu para completar esa Trinidad, para contribuir con la evolución humana y habla del reino de Dios aquí en la Tierra. Es decir, que a pesar de la angustia, la pólvora “debe prevalecer la Ley de Dios” y sale a defender y confortar a los afligidos como un guía espiritual y no como un revolucionario de manuales y panfletos.

          El mal está ahí, personificado y lo encara aunque le cueste la vida. Y es desde esa perspectiva que también asume y conoce su destino con temor, con preocupación; pero no abandona a sus ovejas y consagra su sacrificio a Dios y a los humanos. Asume una posición defensora, de alivio, de consuelo para su pueblo.

          Esperanzador como ninguno, supone que de esa situación de dolor saldrá un hombre nuevo, renovado, en resurrección; tal como lo manifiesta en una de sus homilías: (…) En el nombre de Jesús de Nazaret levántate y camina, promuévete; y no queremos hombres masa, no queremos hombres que los manipulen; queremos hombres verdaderas imágenes de Dios (…(

          La complejidad del desarrollo de la organización popular incluye que estas tengan a su base a las organizaciones eclesiales y el amparo de la conciencia hondamente cristiana de muchos sacerdotes. Parte de la intelectualidad de la época y de la dirigencia popular tenía una formación secular muy arraigada, generalmente jesuita. La represión no escatima y arremete contra quién se atreva a enfrentar la estructura, sea cual sea su fundamento.

          Así, la orden hierática no estaba exenta de tal situación y uno de los sacerdotes más allegados de Romero, el padre Rutio Grande es acribillado el 12 de marzo de 1977 junto a otras dos personas, una de ellas menor de edad. Este hecho encara al pastor con el lobo. Romero se termina de dar cuenta que el mal está personificado y deambula en el país. La bestia amenaza su rebaño y sale con toda su valentía a defenderlo.

          La lista de activistas religiosos asesinados en El Salvador es muy grande, incluida una masacre de monjas extranjeras de la Orden de Maryknoll en diciembre de 1980 y la masacre de los jesuitas dirigentes de la Universidad Católica Centroamericana, el 16 de noviembre de 1989.

          Y es que cuando los tambores de guerra afinaban la puntería de fusiles, la única armería de Romero —y el más peligroso de todos los arsenales— era su poderosa fuerza interior; su Fe y gratitud, su infinito amor al prójimo y a Dios, así como una estimación superior por la vida humana.
          En alguna ocasión dijo “solo Dios es dueño de la vida”.

 

          El 23 de marzo de 1980, en custodia de sus ovejas, el pastor hace temblar a la bestia que acecha su gigantesco rebaño. Y no es para menos. Sabiendo que la estructura militar tiene como eje principal la obediencia, lanza una orden de inspiración sublime a las catervas soldadescas:

          “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre debe prevalecer la ley de Dios que dice ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla.

 

“Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado.
“La iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación.
“Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre.”

          Ese día, su voz fue contundente en defensa del sétimo mandamiento y sin más arma que su palabra, hace trepidar los andamios castrenses: En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más y más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: ¡cese la represión!

         

          Horas después su sangre fue derrama. La sangre de un hombre dulce y bueno.

          Se apagó su sonrisa de jaguar; no su espíritu de firmeza, de ungido dignificador de la condición humana y su luz brillará desde las estrellas hasta los ojos de los más humildes y de quienes tengan esperanza en la plena transformación, no solo política y material; sino, de evolución espiritual hacia la bondad plena y soberana, como debe ser; y que la paz esté con nosotros.

Foto http://elsalvadortrespuntocero.com

   Sotana de Romero. Foto Américo Ochoa.

   Detalle Tumba de Romero.  Foto Américo Ochoa.

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Referencias bibliográficas:
Cardenal, R., I. Martín Baró, J. Sobrino, La voz de los sin voz, la palabra viva de Monseñor Oscar Arnulfo Romero; UCA Editores; 2007.

Menjívar Ochoa, Rafael, Tiempos de locura, El Salvador 1979-1981; FLACSO de El Salvador, Índole Editores; 2008.
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* Poeta.

El asunto del Bien y del Mal frente al televiso

El asunto del Bien y del Mal frente al televiso

El asunto del Bien y del Mal

frente al televiso

    I.

En alguna ocasión mi amigo Óscar Villalta Callejas me preguntó cuál era mi opinión sobre el bien y el mal. Tiempo después he decidido expresar mi opinión e indagar sobre el asunto. Por supuesto, en la interrogante caben otras: por ejemplo, en la galería del mito y de la fábulas podemos asistir hasta al instante en que Dios sopló el barro y preguntarnos ¿alguien se murió de risa el día inicial?
           Algo pudo haber fallado en ese momento, puesto que los finqueros de el Paraíso se portaron mal y la perfección sucumbió. ¿Triunfó el mal desde entonces? Bueno, es un espacio y situación de mito; además, el representante del catolicismo, Juan Pablo II, clausuró el solar de el Paraíso y dio carácter de fábula a la idea de creación mediante el Génesis.
          Antes, yo creía que tenía parientes y amigos acá en la Tierra y en el Paraíso, ahora tengo que aceptar que solo acá. Mintió el catecismo, me estafó la iglesia vendiéndome una finca que nunca existió. La caída del paraíso por ser exceso de fantasía, equivale tanto como si un agente de bienes y raíces me vendiera un apartamento en Ciudad Gótica, yo le diera los ahorros de toda mi vida, esperando salir de noche a la azotea con la expectativa de ver algún psicópata enmascarado o alguna gata disfrazada, tan tierna como asesina.
          En la galería del pensamiento filosófico Aristóteles nos indica que “El Bien” es un fin Supremo del hombre. Dice Aristóteles:

         (…) Si en todos nuestros actos, como en la ciencias que acabamos de citar hay un fin definitivo que quisiéramos conseguir por sí mismo, y en su vista aspirar a todo lo demás; y si, por otra parte en nuestras determinaciones no podemos remontarnos sin cesar a un nuevo motivo, lo cual equivaldría a perderse en el infinito y hacer todos nuestros deseos perfectamente estériles y vanos, es claro que el fin común de todas nuestras aspiraciones será el bien, el bien supremo. ¿No debemos creer que, con relación a la que ha de ser la regla de la vida humana, el conocimiento de este fin último tiene que ser de la mayor importancia, y que a la manera de los arqueros que apuntan a un blanco bien señalado, estaremos entonces en mejor situación de cumplir nuestro deber?
(Aristóteles, Moral, a Nicómaco, Selecciones Austral, cuarta ed. Madrid, 1984).

        Como es notable, hay muchas cavidades donde profundizar sobre el tema. Podemos diferenciar, por ejemplo, que entre la vida y la muerte hay una condición natural que no podemos cambiar. La vida no es el bien y la muerte no es el mal. La vida es la vida y la muerte es la muerte. Pero sucede que, en nuestra condición humana, racional y sensorial, entre la vida y muerte media el dolor.
Por ejemplo, aceptamos la crueldad y el suplicio que se produce en la cadena alimenticia aún cuando la muerte sangrienta del ciervo por el tigre o el león sea angustiosa; más aún, siniestra o tétrica. Lo macabro de ese acto continúa cuando el depredador sacia su hambre, abandonan la presa y llegan escuadrones enteros de limpieza, como los buitres o las hienas, hasta que finalmente las hormigas pulverizan las médulas de cada hueso y guardan las partículas para el próximo invierno. Tal acto no puede ser evitado, es digno y es bello.
         Nadie que haya presenciado, aún por en documentales, el acecho del tigre al ciervo, la exaltación del ataque, la huida y la resistencia inútil de la presa, podrá negar que es un acto único. Cuando uno, dos o tres depredadores se organizan para atacar a una manada de antílopes, por ley natural, el que sucumbe es el más débil, ciego, lisiado o recién nacido. No hay ningún otro factor que el natural.
De esa manera, buscando en las galerías de la explicación un fundamento distinto del mito o de los planteamientos filosóficos de Aristóteles, de J. J. Rousseau y de otros pensadores consultados, encontré un recurso importante: el televisor. En uno de esos programas de National Geografic, o algo así, vi lo siguiente:

         El documental inicia presentando una de esas grandes sequías producidas por cambios de estación cuando el pasto desaparece por completo y las grandes manadas de renos y antílopes tienen que emigrar. El abrevadero ha sido reducido por el clima a su mínima expresión y tomado por casi todas las especies desesperadas por la sed. El asedio de unos contra otros es letal, caótico. Cocodrilos e hipopótamos ven el final de su fiesta.
         El éxodo es inminente. Alguien da la señal, la manada se mueve, en un principio orientada por su instinto, luego por el desespero; los leones se percatan de la fuga que se produce en su despensa y atacan. La estampida es brutal larga y tortuosa, muchos quedan en el intento de escape.
        Luego de ancho trayecto, lejos de los leones, en medio de una paz exasperante y sorteando peligros enfrentan un gran río. No hay manera de evitarlo, hay que cruzar. La violencia del caudal es aterradora; el porcentaje de ejemplares que perece en el torrente es estrepitoso; las madres que sobreviven gimen de dolor, inútiles ante la pérdida de sus crías arrastradas por la turbulencia. Tal catástrofe desmejora sustancialmente a la manada, pero subsiste.
        Después de un largo viaje encuentra abundante pasto. Llega la bonanza y la misericordia de la primavera. Hay abrevaderos y pasto en abundancia. Llega la época de celo, el romance, la preñez y el parto. La manada se repone. ¡Viva la orgía¡ Pero el rebaño tiene que regresar a su hogar: por el mismo camino y por el mismo río.

¿Dónde está el mal? ¿Dónde está el bien?
¿Quién triunfa?

           II.
         En mi ánimo de escudriñar sobre el tema para poder discutirlo con mi amigo Óscar, seguí indagando, y encontré con una cita:
         El desarrollo del hombre que Rousseau nos presenta en el “Segundo Discurso”, es un desarrollo perjudicial, porque destruye aquel ser inocente, puro hermoso y fuerte, que era el hombre natural. En su lugar, encontramos al hombre de nuestros días, malo, débil, egoísta y en constante lucha de unos contra otros. El hombre naturalmente no es un lobo para el hombre pero, desgraciadamente, el desarrollo social lo transforma en ese ser perverso, que vemos todos los días en nuestra vida.
(El Contrato Social; J. J. Rosseau, EDUCA, San José, 1996, 1ª ed. La cita pertenece al Prólogo de Manuel Formoso Herrera).
          Quise dilucidar con eso sobre la naturaleza humana, es decir, nuestra complejidad con la cual vanagloriamos por ser poseedores del raciocinio. Solo conocemos a medias algunos factores biológicos e instintivos de los demás seres vivientes, los consideramos inferiores, los despreciamos porque no los entendemos; en nuestra ignorancia y envidia oculta, acudimos a la venganza; los cazamos, destruimos su hábitat, etc.

           En ese afán me encontré de nuevo frente al televisor:
          Esta vez, la escena comienza con el sonido de un cuerno y los aullidos de unos perros de caza, risotadas y cánticos en medio un bosque de un castillo medieval. Es un documental sobre las monarquías europeas que han desarrollado, junto a los plebeyos, un rito macabro, donde el derroche y saña es incalculable. Eso incluye típicas parafernalias, caballerizas exclusivamente cuidadas para la monta persecutoria, jaurías adiestradas para satisfacer lo insaciable: la muerte, el rastreo, el acoso, la tortura deliberada en la caza de la zorra. La faena concluye en que el vencedor es el que tiene el mayor número de colas a su alcance.
          Este desenlace triste para la zorra, sus cachorros, sus familias, sus madrigueras, su especie, también tiene otras connotaciones; algunas de ellas para justificar la caza: se ha dicho muchas veces que son una plaga, que son dañinas, etc., para añadir al placer un poco de venganza. Peor aún, se ha intentado llevar su imagen a un plano moral; en caricaturas de la Edad Media se simbolizaba a las clases burguesas con la imagen de zorro. Más atroz todavía, el machismo para degradar, insultar y atribuirle todas las maldades habidas y por haber a una mujer se le ha puesto el mote de “zorra”, para justificar también la otra maldad contra la mujer.
          Para unir analógicamente las dos cosas, la de insultos a las clases sociales altas e insultos a lo femenino: en algunos sitios de Europa se hacen chistes, como por ejemplo: “la última zorra que cazó la monarquías inglesa es … (fulana)” , “la última zorra cazada en España es Leticia”, “la zorra, aunque se vista de princesa, zorra se queda”. Allá ellos, sus monarquías, sus chistes e insultos. No recuerdo pero creo que el documental termina en una orgía.
          La justificación para la matanza masiva de animales se sigue clavando en el inconsciente colectivo cuando vemos magnas producciones cinematográficas como Tiburón, Cocodrilo, King Kong, y otros. Por supuesto, justificar las matanzas nos libera de la culpa, y, no es que la caza por siempre haya tenido esas connotaciones atroces. La caza en el contexto del hombre primitivo es otra cosa. Actualmente también hay culturas que practican la caza por necesidad y tienen una concepción digamos holística de la vida y el universo; piden permiso a sus dioses, sus elementales o a la naturaleza cuando ejecutan un sacrificio. Es decir, el placer y la tortura no son la causa del sacrificio.
          No se trata de agotar aquí todos los ritos macabros del hombre moderno contra la naturaleza, porque podríamos hablar anchamente de circos de animales, la matanzas de bisontes en Norte América, zoológicos, tráfico de pieles o de marfil, apuestas en peleas de gallos o de perros, en fin; pero sí se trata de concordar la mano criminal del hombre de nuestra época con el tema del bien y el mal.
          Seguí indagando y de nuevo me encontré frente al televisor. Esta vez, pasaban una corrida de toros, pero solo pude ver el final, cuando el torero se descapota, tiene la oreja del semoviente en la mano, luego ensarta la espada hasta el fondo; el animal cae abatido. El gran público aplaude, ovaciona, el matador lanza su bonete de triunfo.
          En fin, creo que esta vez el televisor me ayudó, tanto como los libros, para ahondar un tema de discusión con mi amigo Óscar. No escribo más porque tengo palomitas de maíz listas para ver Troya, con Brad Pitt.

Publicado en www.surysur.com

    http://www.surysur.net/el-asunto-del-bien-y-del-mal-frente-al-televisor/

 

américo ochoa .-  
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El asunto del poder, el Estado, el arte y la cultura

El asunto del poder, el Estado, el arte y la cultura

El asunto del poder,

el Estado, el arte y la cultura

    

Los cambios experimentados en América Latina durante los últimos años no han dado frutos contundentes en materia social; por ejemplo, en ninguno de los países se han eliminado TOTALMENTE la pobreza y la miseria. Obviamente, no podemos esperar que esos resultados sean inmediatos (entonces, ¿cuándo?), puesto que existe una historia y una maquinaria estructural para que la miseria, la desigualdad y la exclusión existan como derroteros de funcionamiento. Las intenciones para ir desmontando las piezas del aparato no son suficientes, ya que los miserables no resuelven sus problemas de hambre con las buenas intenciones de los estrategas.

      Sí, podemos decir que hay cambios evidentes en materia política —sin decir si son las más acertadas o no—. Basta con ver las conferencias de prensa, los discursos de los nuevos dirigentes, las declaraciones de los revolucionarios contra los que no lo son y viceversa. Hemos visto nacer el ALBA, los cambios en la OEA, las alianzas del Sur, etc.. Hay cambios en la política. El problema es que estos tampoco se traducen en soluciones contra la miseria.

     Hay quienes consideran que un país es brioso cuando amasa grandes fortunas que se reflejan en maquillajes urbanos de acero y cristal, como hiper-Malls; que un Estado es célebre si el capital brilla en las arcas inversionistas, aunque en los ojos de los miserables brille, pero por su ausencia. En fin, con cambios o sin ellos, el diseño de la maquinaria para hacer dinero y ponerlo en las balanzas es función del Estado y sus jerarcas, sean quienes sean. Allá ellos y sus conciencias. El tema de la pobreza sigue siendo manoseado por la política y la demagogia sin que las correcciones urgentes sucedan.

     En toda sociedad la solución de las necesidades materiales es vital, cada cual las resuelve a su manera. El caso con los cambios en nuestra América, es que hay otros ámbitos que no son materiales pero son de prima importancia, como la educación, la salud o la seguridad de los ciudadanos; y los Estados tienen que resolverlos. En este rubro de aspectos no tangibles se encuentra la Cultura.

     Obviamente, todos los problemas atañen a la generalidad de la población; el asunto es que el tema de la cultura no lo podemos ver bogar por la superficie y desdeñar todas sus honduras. La hecatombe de la llamada Conquista, la instauración de la Colonia y su actual desenlace estructural, tiene a su base la anulación de nuestra cultura matriz. Se nos impone la occidentalización como única visión del mundo y forma de vida con todo y su descarga eurocentrista, obligándonos al olvido de nuestra cosmovisión originaria.

     Por lo cual, podemos entender que en toda América Latina hay complicaciones históricas irresueltas que tienen que ver directamente con el dilema cultural. La madeja que se teje en torno de la problemática no se puede orillar con la aplicación de la política o sustituyendo una ideología por otra; sobre todo, si el Estado asume una posición ideológica occidentalizante basada, también, en el eurocentrismo y en sus formas de hacer la sociedad; que excluyen de tajo la cosmovisión oriunda de nuestros pueblos. Temas como la autonomía (no el abandono) de comunidades indígenas, el respeto a su propia gobernabilidad, a sus formas de vida, la devolución de territorios, la imposición de uso de maíz transgénico y la desaparición del maíz criollo; por ejemplo, son sumarios que no se zanjan sólo declarando un Estado ideológicamente correcto.

     Siendo nuestra América esencial, una maraña cultural sumamente compleja, podemos ver que tantos siglos de devastadora occidentalización no han torcido su esencialidad. Las formas de vivir, de vestir; de relacionarse, las comidas, las lenguas siguen vivas, pese a la imposición de la miseria, con la cual se ha pretendido hacerlas desaparecer. El vigor con que las culturas negras e indígenas se desarrollan, han estado siempre invisibilizadas en el ejercicio del poder de todos los Estados. La vitalidad ancestral ha sido exceptuada de las constituciones políticas, de las leyes, de los derechos humanos y toda estructura gubernativa.

     El hecho de que culturas excluidas se hayan desarrollado sin el amparo estatal no significa que esto siga siendo así de por vida. Tampoco quiere decir que su impulso dependa sólo de la inclusión en la planificación de las directrices oficiales, puesto que el resultado de las políticas culturales no se puede planificar ni medir como se estima la producción de carne o de tomates, por quilos y por dólares. Acá estamos hablando de una esencialidad humana que está por sobre toda ideología que cualquier estado asuma.
Si un Estado que se hace llamar popular, revolucionario o democrático, pretende imponer, sutilmente, ideologías igualmente exógenas y anulantes, sigue siendo igualmente perverso. Debería saber que si no se están planteando las grandes soluciones necesarias, tomando en cuenta la cultura, sus cambios son sólo parches que no sanan los daños históricos anteriores.

     La nueva institucionalidad, si no proporciona el oxígeno necesario para el robustecimiento e integralidad multicultural, por lo menos que no endose nuevos problemas. Tampoco podemos pretender la instauración en una institucionalidad viciada a las culturas que resisten desde su autenticidad, pero sí se puede establecer un equilibrio de relaciones. En eso debería consistir el reto. No se trata de cambiarse los ropajes ideológicos; sino, mínimamente, del respeto a la diversidad cultural, del cese inmediato a las agresiones de todo tipo.

Sobre la producción artística

     Otro rubro de resultados intangibles es la producción artística. En este periodo de cambios sería muy sano retomar el análisis de lo que pasa con las relaciones actuales entre Arte-Cultura, Arte-Poder, Arte-Estado, Arte-Artista y sociedad. Porque, aunque no estamos en las férreas dictaduras militares del siglo pasado, podría suceder que no estemos de acuerdo con las formas de relacionarse el Arte y el Estado, puesto que estas ilaciones tienen repercusiones en la producción artística y cultural de las naciones.

     En una Nación, de cualquier tipo, la producción artística no puede depender de la política estatal o sus directrices ideológicas. Al fin y al cabo la calidad y la esencialidad artística dependen de lo que los artistas produzcan y de la manera que asuman su conexión con la sociedad y sus entornos. Siendo que el arte, por su naturaleza liberadora y catalizadora del espíritu creador, no puede ser, forzosamente, comulgante de la acción coercitiva que el Estado realiza para ejercer “su función” en la sociedad; ya que, para ello, el Estado acude a la herramienta de la política y ésta no necesariamente resulta compatible con la creación artística.

     El hecho de que la producción cultural y artística se pueda desarrollar de manera autónoma, desmarcada; no necesariamente significa que sea enemiga de las ocupaciones institucionales. Incluso puede haber producción artística desde la institucionalidad, en tanto que el Estado puede velar por la buena conservación de los patrimonios o administrar la producción infraestructural; como la construcción y mantenimiento de teatros, galerías, museos y estadios, pero nada de ello a cambio del clientelismo. De existir una producción artística desde el seno institucional, no tiene por qué ser presentada a la sociedad como única y absoluta. Suele suceder que la producción discográfica de música plenamente comercial, con la nulidad de valores artísticos, es mostrada como la panacea cultural. Igual sucede cuando al fútbol se le degrada a fenómeno de masas e industria, como si fuera el único deporte, excluyendo el esfuerzo del resto de los atletas.

     Las funciones benignas del Estado pueden ser múltiples; por ejemplo, velar por la instrucción académica para el desarrollo del arte, la ciencia y el pensamiento, respetando las autonomías universitarias; al igual que la promoción literaria a través de la distribución de libros gratuitos desde las editoriales subsidiadas, promoción de espectáculos, festivales, distribución internacional de la producción, intercambios, becas, etc. De igual manera, los aspectos relacionados con legislaciones, como derechos de autor, arancelarios, exoneraciones de impuestos a los insumos. Sucede muchas veces que se hacen grandes festivales, lo cual no es malo, pero conjuntamente ocurre que las plazas y mercados de artesanos no tienen las mínimas condiciones, como servicios sanitarios y, los mismos productores no tienen condiciones sociales como seguros o acceso a crédito.

     Perfectamente la producción artesanal podría tener un subsidio mínimo de agua, electricidad o transporte para sus talleres y la comercialización de su producto; pero con frecuencia la producción de artesanías es degradada a un nivel de subempleo, marginales y, a veces, hasta de indigencia.

     En fin, los tópicos del arte, la cultura y la sociedad, son temas vigentes para el análisis y la discusión en todos los tiempos, principalmente en épocas de cambios, donde la sociedad entera puede ser partícipe de las directrices que tiene que seguir el Estado y no el Estado decidir las directrices que tiene que seguir la sociedad y sus diversas formas de hacer el arte y la cultura.

 

Publicado en Media Isla:

http://mediaisla.net/revista/2010/04/el-asunto-del-poder-el-estado-el-arte-y-la-cultura/

américo ochoa .-  
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Sobre Antares

Sobre Antares

Sobre Antares,
Ester
y Mercedes Sosa


Desde que tengo noción del tamaño de Antares
me invade una sana sensación de humildad. Hace muchos años mi tía Ester, una mujer campesina, alegre como la luz, escuchaba en una grabadora vieja a Mercedes Sosa; no desperdicié la oportunidad de preguntar ¿y por qué te gusta Mercedes Sosa?  ─Por el poder de su voz, respondió.


Si hubiera preguntado lo mismo a un “expertólogo” de la música, tal vez habría respondido con términos que no entiendo porque no soy músico; seguramente me habría dado instrucción sobre el registro de la voz, habría hablado de tesituras, de extensión, de timbre, alcance o de vibratos,  y nunca habría entendido a ciencia cierta lo que siente una mujer sencilla, como Ester, al escuchar la voz de Sosa.

        Si hubiera preguntado lo mismo a un “expertólogo” de la música, tal vez habría respondido con términos que no entiendo porque no soy músico; seguramente me habría dado instrucción sobre el registro de la voz, habría hablado de tesituras, de extensión, de timbre, alcance o de vibratos, y nunca habría entendido a ciencia cierta lo que siente una mujer sencilla, como Ester, al escuchar la voz de Sosa.

      Al tratar de comprender todo el concepto de “poder en la voz” el entendimiento puede quedarse corto. Por ese corredor logra pasar el juicio de la melancolía, la rabia, el dolor, la tristeza, el gozo, la alegría, el amor y la ternura; todo al mismo tiempo. La memoria de América Latina y sus “venas abiertas” palpita en la voz de la cantora; la euforia en busca de un sueño es evocada en el instante, así como el sosiego, la dicha, el amparo, la esperanza, en fin: la Historia. La identidad.

      Y, es que, cuando hablamos de la historia de América Latina, obligatoriamente, tenemos que hablar del tema amargo de contradicciones sociales, de abismales diferencias heredadas, en la mayoría de los casos, desde la invasión española. De igual manera, no podemos obviar la lucha constante de los pueblos por una equidad necesaria para establecer el curso de su historia en paz.

      Por otra parte, está lo multiétnico, lo multicolor, la inmensa variedad de tonos y matices, de lenguas y ropajes, de danzas y rituales que encontramos en todos los rincones de nuestra América, construida desde la pureza indígena hasta el mestizaje, desde las mezclas y sus particularidades: indios, blancos, negros, mulatos, criollos. Es decir, estamos hablando de una historia con una inmensa fuerza universal, con raíces tan auténticas como las de cualquier cultura originaria del mundo; solo que, en nuestro caso, por haber sido invadidos por europeos se nos encaja el concepto de pertenecer al gran mundo occidental; se nos endosa la idea de que nuestro origen es el mismo de todo occidente: greco-romanos y judeocristianos. Pero, nosotros no somos originariamente cristianos; somos cristianizados y, en eso también hay diferenciación. No es lo mismo ver una ceremonia de la iglesia ortodoxa rusa que la misa campesina nicaragüense.

Además, nos pretenden inculcar que por ser occidentales debemos defender a muerte todo gran capital e invisibilizar el total de nuestras raíces, de la misma manera que en los primeros días de la gran invasión de 1492, cuando todo el conocimiento, la astronomía, el arte, el pensamiento y la poesía fue a dar a las hogueras por respetar a la serpiente o al jaguar. Por ese hecho tan atroz se nos hace creer que fuimos europeizados, occidentalizados; pero el tiempo nos demuestra que pese a tanta espada, a tanta sangre y tanto odio no estamos doblegados. Es decir, “no todo está perdido … yo vengo a ofrecer mi corazón”.

      Cierto: sembraron catedrales encima de nuestros templos y nuestros lugares sagrados. Impusieron su idioma; pero, para sorpresas el tiempo: nuestras lenguas originarias están vivas y en uso y quienes las practican se sienten cada vez más orgullosos de que así sea. Las poblaciones indígenas siguen siendo mayoría en casi todo el continente, esto implica: ropajes, costumbres, comidas, cantos y genes. Por lo tanto, esta estructura profundamente humana, en la que se sustentan nuestros pueblos, no puede ser ocultada por la ordenanza hueca basada únicamente en el consumo y la acumulación de capital. Y, es que la entereza se ha basado principalmente en la conservación de los valores culturales y en el valor hierático que tiene la dignidad. Por lo tanto, todo ese cúmulo traído desde lo precolombino se convierte en un templo tan sagrado como invisible, intocable, indestructible, al cual y desde el cual convergemos mayas, incas, aztecas, mapuches, huetares, bribris, aimaras, lencas, pipiles, “tucumanas y tucumanes”; es decir, todas las manos, todas/ todas las voces, todas/ toda la sangre puede ser canción en el viento …

      En eso también consiste la particularidad de nuestra historia: en que el arte y la cultura no son resultado de la construcción y desconstrucción de clases aristocráticas y cortesanas propiamente dichas, de sus gustos y voluntades como en los casos europeos. Nuestro auge cultural originario tiene que ver más con el desarrollo de pueblos y multiculturas que con el gusto de las clases de origen mercader o monárquico.

       Paralelo a eso, la creación latinoamericana tiene otros corredores de desarrollo; por ejemplo, no podemos hablar de sus aportes a la literatura universal sin hablar de Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Ernesto Sábato, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, José Martí, Nicolás Guillén, Rubén Darío, Augusto Monterroso, Isabel Allende, Roque Dalton, Guillermo Cabrera Infante, Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes, José María Arguedas, Yolanda Oreamuno, Julio Cortazar, etc.. También, con todos ellos se construye esta formidable identidad como parte de una gran constelación.

Por otro lado, la edificación contiene distintos bastiones, como la música. El canto latinoamericano está muy arraigado a la historia de los pueblos. El tango en sí mismo es una historia. La música ranchera es historia en sí misma, igual que la cumbia, la samba o el bolero. El canto en esencia es historia latinoamericana. No podemos opacar la existencia de Carlos Gardel, Alfredo Zitarrosa, Chabuca Granda, por mencionar algunos. De igual manera, es imposible obviar los procesos de resistencia en las épocas de las dictaduras, cuando legendarios músicos como Violeta Parra, Víctor Jara, Quinteto Tiempo, Quilapayún, Guaraguau, Atahualpa Yupanqui y una cantidad grande de representantes del folclor acompañaban el anhelo de acabar con el despotismo. Otros trovadores que van desde Silvio Rodríguez y Pablo Milanés hasta los Mejía Godoy representan también su tiempo y su historia; otros también crean sus propias particularidades, tales como Chico Buarque, Caetano Veloso, Soledad Bravo, León Gieco, Lilia Vera, Vicente Feliú, Isabel Parra, Fito Páez, Amparo Ochoa, Gabino Palomares, Adrián Goizueta, Katia Cardenal, Charli García, Nacha Guevara, Víctor Heredia, Tania Libertad, Rubén Blades, Pedro Aznar …

Es aquí donde aparece Mercedes. Alquimista, catalizadora, portentosa …

“Cuando yo te abrazo no te abrazo sola”

      Logra llevarnos a un recorrido por “un río en la voz” en un solo concierto, en un solo disco, del acetato al CD o, en una vieja grabadora. En ese caudal confluyen todos los cantautores, géneros e historias; todas las metáforas, dolores, alegrías y esperanzas. Capaz de mostrarnos los matices, las llanuras, los ríos, las pampas con su voz, que, como dice Johan Manuel Serrat, “Creo que lo más importante en esto es el hecho de que la voz no solamente pasa por la garganta, sino también por el corazón. Y en el caso de la Negra, la voz pasaba por el corazón”. (Declaraciones momentos después de la muerte de Mercedes).

      Y, esto que dice Serrat es lo que percibe una mujer tan humilde como Ester cuando responde: “por el poder de su voz”. Tal grandeza de voz y corazón es lo que convierte a Mercedes en una especie de Antares en la galaxia de los cantos. Es decir, su voz es capaz de conmover a una mujer campesina de la misma manera que hace rodar lágrimas en las mejillas de Serrat. En eso consiste la universalidad en el arte. Cuando yo te abrazo te abraza una eternidad.

      Por su parte, la estructura anticultural de mercado, que nada tiene que ver con lo auténtico y lo universal, alista sables de oro y busca separarnos de estos valores con los constructos cotidianos y efímeros. Una maquinaria monstruosa se mueve en la producción industrial de “ídolos” en serie, estándar. Fabrican fetiches como elaborar rosetas y su anchura alcanza lo que dura el vuelo de una palomita de maíz. En una noche se mueve la equivalencia del capital de un banco. Tal maquinaria es capaz de colapsar el sistema de comunicación de una nación a la hora de elegir a sus figuras (¡sucedió en Costa Rica recientemente!) y, luego de una semana de fulgor, fiesta y ensueños, recogen escombros y ganancias y todo vuelve a comenzar como si nada hubiera sucedido. Es más, los programas mediáticos que dan la cara por estas maquinarias ni siquiera tienen nombre en español para el calificativo de “ídolos”, como si también nuestro idioma fuera una vergüenza o un vestigio maligno al que tenemos que renunciar y movernos como marionetas del dinero.

“Cambia, todo cambia”

      La autenticidad de Sosa también remueve fibras históricas en tanto fue una mujer perseguida; detenida en un concierto, experimentó el exilio, yendo y viniendo en los pliegues de la historia, sobre esto Serrat resalta que “la voz de América Latina” fue “una artista extraordinaria, que estaba en el aquí y el ahora, que no vivía en un Olimpo artístico, sino que pasaba por todo el tiempo histórico que le tocó vivir”.

      Sobre este referente, la enciclopedia virtual Wikipedia anota, entre otras cosas: Tras el golpe de estado del 24 de marzo de 1976 fue incluida en las listas negras del régimen militar y sus discos fueran prohibidos. Pese a ello permaneció en el país hasta que en 1978, en un concierto en La Plata, fue cacheada y detenida en el propio escenario y el público asistente arrestado.

       El hecho ha sido relatado por una admiradora llamada como ella Mercedes, que asistió al concierto y dejó el siguiente mensaje en la página oficial de Mercedes Sosa poco después de su muerte:

       La única noche que estuve presa fue después de un recital tuyo en La Plata, en el viejo Almacén San José. Te habías entusiasmado y cantado canciones no permitidas, habías abierto las ventanas para que escuchen los que no podían pagar. Estábamos todos eufóricos. Pero llegaron ellos con sus armas, haciendo por fin visible lo que sabíamos que pasaba. Nosotras en fila en el patio, apuntadas, aterradas; vos, tal vez con tu propio miedo, en una oficina donde te hacían escuchar los temas que cantaste, mostrándote tu desobediencia. A las seis de la mañana, consideraron que ya nos habían dado la lección y salimos al sol. ¿Sabés qué? Valió la pena. Si estás cansada, que tu partida sea en paz. Sabremos entender.

 

Mercedes.

       Se exilió en 1979 en París y después en Madrid.

      Durante la dictadura militar y mientras se encontraba censurada lanzó varios álbumes, destacándose Mercedes Sosa interpreta a Atahualpa Yupanqui (1977), uno de sus álbumes más logrados, y Serenata para la tierra de uno (1979), tomando como mensaje el tema del mismo título de María Elena Walsh: «Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy».

      (…) Regresó a Argentina en 1982 y realizó una serie de famosos recitales, pero debió volverse a exiliar cuando se enteró que el almirante Carlos Alberto Lacoste preguntó: “¿Quién dio permiso a Mercedes Sosa para estar en mi país?'”. Recién podría volver a radicarse en su país en 1984, una vez que la democracia fuera recuperada.

      Pero, como todo cambia, su vuelo, más allá de lo inolvidable trasciende toda expectativa, su cuerpo fue velado en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso argentino, como su grandeza real lo merecía. Hasta siempre Antares de los cantos. Gracias a la vida, que con tu ser, nos ha dado tanto …

 

américo ochoa .-  
americocho@hotmail.com

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