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El Parnaso 2

El Parnaso 2

2.

 

Erick Aguirre
(Escritor nicaraguense, Nuevo Diario, Nicaragua)

 

Son pocas y muy dramáticas las novelas de postguerra que han intentado representar el drama humano de los militantes revolucionarios centroamericanos en el momento histórico en que empezaban a caer en pedazos sus grandes paradigmas ideológicos y políticos. El asesinato en Nicaragua, a finales de la década ochenta, de la comandante salvadoreña Ana María, por ejemplo, y el posterior suicidio del comandante Marcial, su presunto asesino intelectual, removieron la base moral y política sobre la que se apoyaban los revolucionarios salvadoreños en esa época convulsa.

            Aquellos sangrientos sucesos estremecieron la conciencia de los cuadros más “pensantes” de la guerrilla: los intelectuales “orgánicos” hasta entonces al servicio de la revolución y su “vanguardia político-militar”, quienes se vieron finalmente obligados a intentar aclarar los puntos oscuros de su entorno político y a aclararse ellos mismos como seres atrapados en esa dicotomía traumática del escritor convertido por propia voluntad en militante.

           Ya me he ocupado anteriormente de una novela paradigmática en ese sentido: “La diáspora” (1989), de Horacio Castellanos Moya, que es el reflejo de una especie de “despertar” de la conciencia entre los intelectuales salvadoreños involucrados en la guerrilla, respecto a la naturaleza de quienes conducían la guerra desde el bando de la izquierda.

           La tendencia, inaugurada por “La diáspora”, hacia la autoconciencia y hacia el desencanto frente a los cruentos proyectos utópicos con que los líderes de la guerrilla movieron a “las masas” durante los largos años de guerra revolucionaria en El Salvador, fue continuada por otros narradores que, como Américo Ochoa y Jacinta Escudos, entre otros, reaccionaron literariamente ante el vacío de valores que dejaría inmediatamente después la firma de la paz y el fin de los conflictos bélicos centroamericanos.
           Ese vacío parece haber obligado a estos escritores a buscar otras perspectivas para abordar la nueva realidad que los circundaba, entre las que parece destacar el alejamiento y el rechazo a las convenciones establecidas (o más bien re-establecidas) en las sociedades centroamericanas de post-guerra, que de hecho estrechaban las posibilidades del individuo como sobreviviente de la guerra, ya no tanto en su desenvolvimiento público en una sociedad cambiante, sino también (y quizás de una forma mucho más traumática) en el ámbito de sus vidas privadas.

           De hecho, el título de la única novela escrita hasta ahora por Ochoa: “El Parnaso” (1997), en apariencia no permite establecer asociaciones inmediatas con el ámbito histórico, social y político de las guerras de liberación en Centroamérica. Su función, como bien ha notado ya Daniele Trottier, parece más bien la de provocar, desde una posición sarcástica llena de humor negro, un choque de sentidos entre el referente clásico de la mitología griega (que nos remite a la esfera privilegiada de los dioses alejada del mundo terrenal) y el de las cúpulas del movimiento guerrillero acomodadas en el exilio y también alejadas de la realidad cotidiana de sus propias bases, es decir, de los “simples mortales” que apuntalaban, a costa de sus propias vidas, las actividades guerrilleras.

          El relato, dividido en diez apartados, gira alrededor de una enorme residencia en la capital mexicana, una mansión de dos plantas donde permanecen felices, incontaminados y en eterna tertulia pantagruélica, los anfitriones del Olimpo, es decir, los seres privilegiados que conducen desde un dorado exilio las tácticas y estrategias de la guerra revolucionaria salvadoreña, y donde eventualmente se dan cita, casi siempre para recibir órdenes e instrucciones, los “faunos y deidades menores”, los “afanosos mortales centroamericanos” que no logran pasar del “primer piso de los infortunios”.

          Apunta Danielle Trottier que el hecho de utilizar un referente clásico de la literatura universal como el Parnaso, para construir la alegoría general de esta novela, implica necesariamente una crítica contundente a la constante importación de modelos foráneos, “a veces pomposos, en difracción constante con la realidad del importador”. Esto implica, además, una relación contradictoria, que la novela de Ochoa hace palpable y evidente, entre “ciertas actitudes y modelos revolucionarios importados” y el referente parnasiano con su remesa de dioses y su torpe manejo de esos modelos copiados.

       Ese absurdo panorama lleno de contradicciones, ambigüedades y ridiculeces tragicómicas, es puesto en evidencia y sometido a juicio en esta novela a través de una ironía constante y con el uso dosificado y preciso del humor negro y el sarcasmo, cuya sustancia transpira en la mayoría de sus páginas.

        Con esa infalible herramienta el autor/narrador nos muestra un micromundo dividido en dos: Los dioses de “arriba” que pese a dirigir la lucha contra el poder instituido en su país constituyen ellos mismos otro poder no menos arbitrario y degradante, y los faunos y demás mortales, entre los cuales se sitúa el narrador, que por su parte podría también constituirse en una especie de representación del intelectual guerrillero en el exilio, y que en el transcurso de la novela se desenvuelve en pleno proceso de adquisición de conciencia de una doble subalternidad, pero que en el fondo aspira a otro tipo de divinidad más genuina: el sueño de un Parnaso verdadero.

américo ochoa .-  
americocho@hotmail.com

https://www.facebook.com/americo.ochoa

EL PARNASO

EL PARNASO

COMENTARIOS

1.

Daniele Trottier

(Escritora canadiense,
Nuevo Diario, Nicaragua)

  El Parnaso … un título corto, en realidad un enunciado compuesto por un artículo definido y su sustantivo, y uno sabe que un artículo definido define. Ahí está, esa partícula definitoria nos está introduciendo desde la carátula a un mundo preexistente, no cualquiera, no a un mundo entre tantos, sino a este mundo: El Parnaso. No hay otro y el lector siente ya imperceptiblemente que entra en el vestíbulo de un mundo seleccionado por el narrador/autor, y eso desde la primerísima página. Acaso un artículo definido no nos pone ya la pulga en la oreja: sí, nos programamos para ingresar a un mundo (pre)construido. Y ya intuimos que lo (pre)construido conlleva su irreverencia, porque para qué construir algo si no es para subvertirlo.

Y ahora, qué hay de ese mundo preestablecido, como una mesa puesta en espera de los convidados… El Parnaso. Parnaso. Sin duda un referente cultural/histórico fuerte, como una lápida o una columna dórica. Y ahí surge el primer choque de sentido, entre un paratexto/contexto (autor salvadoreño, tema centroamericano, tiempo de guerrilla y exilio) y un monumento marmóleo llamado El Parnaso (mundo grecorromano, cultura clásica, paradigmas elevados). Primera interrogante: ¿Qué diablos hace semejante título en semejante texto? ¿Cómo el clasicismo venido del Olimpo, pues de eso se trata, puede revolcarse con lo que uno sospecha como convulso, azaroso, enclenque, subterráneo, clandestino?
El Parnaso, en toda su ostentosa enunciación, arrastra en su campo semántico las mitológicas imágenes griegas del monte Parnaso en Fócide, dedicado a Apolo y a las musas. Eso ya es monumental como origen e intertexto. Pero también activa otro sema, el de Los Parnasianos, un movimiento literario compuesto por poetas, por ahí del siglo XVII, que se entregaban al arte por el arte, como si fuera una esfera perfecta, desligada del terrenal mundo en que vivimos. Y, curiosamente, de eso se trata, de una mansión de dos pisos con sus excelsos anfitriones del Olimpo/poetas sagrados viviendo en las alturas eternas y, en el primer piso de todos los infortunios, los faunos y deidades menores de los bosques y ríos que somos nosotros, los afanosos mortales y centroamericanos de sobra.

Porque ya este nombre está cargado de un sentido porfiado, una demasía que lleva el peso de magnos “modelos”, un calco de algo más sobre nuestros magros hombros de hombres y mujeres de maíz. Pues copiar a los Clásicos, además del mismo hecho de copiar (pienso en el inefable Sísifo) que no deja de ser un trabajo en sí (pienso en la lápida intertextual), implica traerse a cuestas modelos importados, a veces pomposos, en difracción constante con la realidad del importador. Y ahí me pongo a relacionar ciertas actitudes y modelos revolucionarios importados con eso del Parnaso y su remesa de dioses, y en un sentido más general del manejo (torpe) de modelos foráneos. Como que el lío de esa mansión de dos pisos, con inquilinos tan distintos, se anuncia en el microcosmo de un cierto Américo Ochoa, él mismo mandado a llamar por el mismísimo icono americano …

Este título, por lo visto, lleva implícito su distancia irónica/humorística (sarcástica a veces) del trasiego de vidas que se da en esa mansión de dioses mayores que lidian con sus réplicas terrenales, divinidades menores o venidas a menos, en un contrapunto constante y divertido, y a veces tierno. Los hay de todo tipo, pero invade casi todo el espacio la figura erecta del fauno, representación perfecta de seres irreverentes con remanentes de una divinidad selvática o precolombina, o simplemente erótica. Eros silvestre que permite a sus personajes alcanzar la divinidad en esa nuestra tierra de infortunios y exilios “para que no se nos olvide el camino de los sueños, el camino del Parnaso verdadero, del universo que palpita sin cesar, mirándonos la vida con sus ojos grandes …”