Historia, arte, símbolos, El Salvador ¿y el Cipitío?

Historia, arte, símbolos, El Salvador ¿y el Cipitío?

 

Américo Ochoa

En el análisis de cualquier obra el contexto, su momento y su espacio es de suma importancia; pero la majestuosidad del gran arte es que trasciende los elementos reductores de interpretación, representación o cotejo. Es sabido que el David de Miguel Ángel representa la Florencia y su contexto histórico. Podríamos entender que Europa, en el paso por el largo puente venido desde la a Edad Antigua, sufre transformaciones fundamentales en todas las esferas.

El arte también se va despojando de las ataduras que le impusieron las clases eclesiales y dominantes y retoma, en el Renacimiento, los aspectos formales y conceptuales de la Grecia antigua, desplazando las concepciones teocentristas por el antropocentrismo, dando paso a relaciones más humanas entre el arte y su espectador, de lo cual el David es un sello irrebatible.

Tampoco podemos olvidar el oscurantismo como sistemática forma de represión que corroe toda forma de libre pensamiento, oposición al dogma, desarrollo del conocimiento, técnico o científico. Por sospechar las bondades de la sábila o la manzanilla podía ir alguien a la hoguera, no digamos por saber que la Tierra era redonda y que “sin embargo se mueve”.

Obviamente, las condiciones sociales, políticas y culturales de Europa y América Latina son diametrales, al igual que la formación de las clases sociales. Por ejemplo, los burgueses europeos proceden de un desarrollo comercial y la acumulación a través de ese proceso de explotación; mientras que el origen de nuestros “burgueses” viene directamente de hordas criminales a las que, muchos con orgullo llaman conquistadores, de donde provienen los criollos; quienes a la larga desarrollan el comercio, pero su capital originario es más por vandalismo, crimen y apropiación.

De igual manera, los europeos estarían muy lejos de conocer en carne propia el oprobio de la invasión en América y sus consecuencias.

El genocidio

En la actualidad se habla conservadoramente de unos 100 millones de nuestros antepasados asesinados, con un ritmo acelerado de 10 millones de muertes por año. Civilizaciones enteras fueron reducidas a su mínima expresión; y en casi todos los casos eliminado hasta un 95% de su población. Por ejemplo: En la colonia portuguesa de Brasil, durante los meses de 1562-1563 en que 30 mil americanos nativos morían de viruela en las misiones y campamentos de esclavos de las capitanías otorgadas a propietarios portugueses en la costa, los portugueses permanecieron ilesos, testigos de lo que N. D. Cook llamó “el juicio secreto de Dios”.

Lo mismo entre los comentaristas católicos franceses: “En cuanto a estos salvajes, hay una cosa que no puedo dejar de comentar, y es que parece manifiesto que Dios desea que cedan su lugar a nuevos pueblos”. Así escribió un observador de los otrora poderosos matchez, cuyo número se había reducido en un tercio en las décadas de 1530 y 1540. (Alberto Morlachetti, La conquista de América, texto que se encuentra aquí).

Alberto Morlachetti también señala: En los primeros 50 años de la conquista la población indígena de las zonas dominadas quedó reducida a un 25%. La Escuela Berkeley sostiene que los 25.200.000 que vivían en México Central en 1519 se redujeron a 1.075.000 en 1605, lo que representaba apenas el 4,25% del total inicial. Según Rowe, los seis millones de habitantes que tenía Perú en 1532 descendieron a 1.090.000 en 1628. Otro cálculo indica que los aztecas, mayas e incas sumaban en conjunto entre 70 y 90 millones al producirse la conquista, de los que en un siglo y medio después quedaban sólo 3.500.000, o sea apenas el 5% de la cifra más baja.

Hernán Cortés y Francisco Pizarro son los nombres mayores del exterminio. Verdaderos cruzados contra la condición humana. Semejante genocidio causó la completa desaparición de cientos de grupos étnicos, y también de un incalculable caudal de conocimientos. En esta cruzada contra los indígenas fueron utilizadas todas las armas de destrucción, de desarraigo, de degradación. Las guerras de exterminio más crueles y los actos de genocidio más espantosos que registra la historia humana. Posteriormente la esclavitud consumió millones de indígenas en las minas, en las plantaciones.

La erradicación de sus líderes eruditos, de los artistas y de los técnicos que dan voz y figura a la civilización, los dejó en estado de orfandad cultural durante largos períodos.

Sin embargo el anciano Cortés, retirado en su casa de Madrid, era centro de “una academia que proponía diálogos sobre cuestiones humanísticas y religiosas”. El hombre era muy admirado por los franciscanos que “en sus historias de la conquista” escribieron de él “como el hombre escogido por Dios para allanar el camino de la evangelización de la humanidad”. (Pueblos originarios: La conquista de América, aquí).

Pero la locura europea de la época no tiene límites en la globalización del espanto; se dice que unos 60 millones de africanos fueron “cazados” para ser sometidos a la esclavitud, de los cuales, alrededor de 12 millones fueron obligados a venir a estas tierras tan extrañas y lejanas para ellos. En la misma Europa, la chispa del oscurantismo y la inquisición venía encendiendo hogueras desde hacía rato.

Evidentemente los procesos de formación de nuestra pluralidad y mestizaje, así como la formación de nuestras clases sociales y dictaduras militares, son distintos a la fundación de monarquías europeas, sus clases burguesas, cortesanas, etc. Cada cual tendrá sus características propias que los sociólogos y los marxistólogos entenderán de otro modo; pero, lo que se entreteje en los desmanes europeos en África, América y en las mismas víctimas del oscurantismo es el dolor humano, la opresión, el vejamen; guardando las enormes distancias, claro.

 

 

El David

En el contexto del fin de la Edad Media el David de Miguel Ángel, obra realizada entre 1501 y 1504, puede representar a su Florencia, de igual manera podríamos verlo iluminando el final del túnel asfixiante, opresivo, que fue el oscurantismo. Al ser una creación universalmente trascendida le permite mover su contexto fijo, porque puede tener interpretaciones semejantes en momentos diferentes, puesto que la obra contiene, en sí misma, aspectos de las verdades universales como la libertad, la dignidad o el humanismo.

Ciertamente la obra presenta, en vez de un adolescente pastor, a un hombre rebosante en energía juvenil, decidido a vencer cualquier cosa por gigantesca que sea. No hay duda, está frente al que lo jode y lo va tumbar; lo dice su mirada penetrante, la tensión, sus venas exaltadas, su expresión nasal abarcando todo el aire posible; en fin, su movimiento tácito, seguro de sí mismo pero con la cautela de un felino, con el arma primitiva sobre el hombro izquierdo y la piedra sutil en la derecha.

Innegablemente bíblico pero sin las ataduras; desnudo, sin vergüenza de ser hombre, bello como él solo; humano en la plenitud de su belleza y con la expectativa necesaria para dar el paso que sigue. Ha puesto decididamente en movimiento su lado izquierdo.

Algunos analíticos apuntan que siendo David de origen judío debería presentarse circuncidado y atribuyen tal omisión a un error del artista, lo cual es dudoso viniendo de un hombre tan sabio y tan cercano a la iglesia y al papado como lo era Miguel Ángel. Más bien, tal hecho puede ser intencionado para presentar un ente más puro, sin haber sido manoseado por el hombre mismo, por dogmas o ideologías. Podría ser una apropiación iconográfica para devolver el sujeto tal como debería ser y no como es; en todo caso, para eso son los símbolos planteados en una obra, para que cada cual los pueda interpretar a su manera.

Pues sí, menciono al David no por eurocentrismo, nada tenemos que ver con la Florencia medieval; pero, una obra de tal magnitud, una de las más monumentales de la historia del arte occidental, no tiene otro tiempo más que el tiempo.

Sin cambios no hay obras

Me habría gustado referirme a una monumentalidad propia del proceso de cambio que vive Latinoamérica, específicamente del proceso del que podría estar a punto de vivir El Salvador, pero no la encontré. Seguramente no existe puesto que no ha habido cambios elementales, solo opacidad desde la conquista hasta nuestro tiempo.

Pienso que el David puede representar cualquier cambio trascendente que contenga sus valores universales; incluso, creo que cada cual puede tener su propio David cuando decide derrumbar sus angustias psicológicas o existenciales, salir del túnel que lo agobie y empezar una nueva vida; en eso también puede consistir la universalidad de una obra.

En este paso importante que El Salvador tiene la oportunidad de dar se me parece a la actitud que el David tiene en su magnificencia. El bloque por tallar está ahí, aún no ha sido tallado; puede salir una gran obra o cualquier esperpento, ya veremos. Se dice que cuando Miguel Ángel esculpió el David ya otros habían intentado sin éxito moldear la piedra, también es sabido que el mármol era de poca cuantía; incluso, siendo una pieza tan grande se pudo haber fraccionado para hacer varias esculturas, pero no, de ese material, un tanto pobre pero de gran tamaño salió el David.

Cuentan que cuando a Miguel Ángel le preguntaron cómo hizo para realizar tal portento respondió: “ahí estaba, solo la dejé salir”. Humildad se puede llamar a tal respuesta viniendo de un hombre de tan soberbia capacidad creadora.

En ese sentido, espero que los futuros gobernantes del pequeño país tengan conciencia certera de lo que significa su responsabilidad histórica y de las ilusiones que sus electores tienen. Tales expectativas han estado apresadas ahí en su peñasco desde la colonia. Las masas populares salvadoreñas nunca han tenido una sensación de triunfo importante, real. La independencia de la corona española fue firmada por un grupo de criollos donde la representación de los intereses populares e indígenas fue nula, quienes solo vieron cambiar la corona real por una de espinas. Luego vinieron intentos tras intentos por liberarse; desde levantamientos indígenas como el de Aquino en 1833, la insurrección de 1932, donde murieron más de 33.000 indígenas; así, hasta la guerra de 12 años.

Como dije, si no ha habido cambios sustanciales no puede haber obras que los representen. En la actualidad podemos decir que se están gestando giros importantes en América Latina y, evidentemente, los necesarios no son solamente de índole política y social, hay que cavilar en los más profundos. Suponer que las libranzas necesarias consisten en hacer gobernabilidades que sustituyan a unos ricos por otros, turnos de partidos en el poder, pactos entre empresarios y gobernantes para hacer las formas de explotación más “light” solo nos seguiría torciendo los destinos.

Por su puesto que los cambios políticos son necesarios, pero la política en su forma actual no es el único eje de la sociedad. Las soluciones a problemas políticos no necesariamente nos conducen a soluciones de problemas históricos. Por ejemplo, la inclusión en todos sus sentidos podría ser una prioridad, al igual que la reconstrucción de nuestra identidad auténticamente latinoamericana, pero no la de los conceptos criollistas.

Retomar la cosmovisión de nuestros pueblos indígenas, la cultura culinaria como práctica de la vida cotidiana, la relación del hombre con el cosmos y la naturaleza, etc., puede ser elemento importante para irnos reencontrando. Es sabido que culturas milenarias como la china, musulmana o judía se rigen por sus propios calendarios; nuestros antepasados tenían los suyos, más exactos que el actual, ¿porqué no usarlos?

Reinstaurarlos, para América Latina, sería una señal más revolucionaria que llevar una camiseta del Ché. Así pues, la reconstrucción de nuestra verdadera identidad indígena es más una deuda histórica que política. El Cipitío viviente

Entonces ¿por qué el David?, bueno, ya dije que por su carácter universal. Ahora que El Salvador tiene serias expectativas quiero hacer mención de un personaje de su mitología. Hijo de la Luna, Ziguet diosa o Sihuet, esposa del dios Sol. Sihuet tuvo amoríos con el dios Lucero de la Mañana y de esa relación surgió él: el Cipitío. Siendo que el dios Teot, dios de los dioses, supiera tal infidelidad condenó a la Luna diosa, diosa Luna, a ser mujer despojada de su condición suprema; como luna menguada, errante, que anda por los ríos y caminos haciendo jugarretas de amor a los falderos.

También se dice que Zihuet favorece a caminantes, hombres buenos y honestos. Es decir, que aún contiene la dualidad y la identidad de la Luna y sus fases de brillantez seguidos de sus ciclos oscuros.

Por su parte, el hijo de la luna y del lucero, tuvo una condena venida de una infinita bondad y sabiduría que solo un dios pudo tener: Ser niño por siempre. Es decir, ser puro, mantener la inocencia, desbordar la alegría, jugar, estar en el límite antes de empezar los conflictos de la adolescencia –diez años tiene el Cipitío desde entonces– y, sobretodo, fue condenado a ser feliz por siempre. También se sabe que este ser de relación entre lo celeste y lo humano, anda por los bosques y los ríos, pero que también entra en los hogares a jugar con las cenizas cuando las hogueras descansan.

Es importante anotar que este personaje tiene los pies al revés; tal vez, para no perder el camino de su pasado y ver claramente hacia donde se dirige, con una connotación filosófica profunda de lo que es el tiempo, el presente, el futuro y el pasado recogido en un solo Ser. Por su parte, el lucero de la mañana, su padre celestial, sigue ahí con su esplendor de protector desde lo alto, iluminando, sirviendo de punto orientador a los que caminan y necesiten saber por dónde van.

Obviamente, esta leyenda, de la cual hay varias versiones, no es el constructo de un solo artista; tampoco es cosecha de un dogma o una religión. Contiene una cosmovisión, es producto de un conocimiento astronómico adquirido sin satélites. Esta historia ha sido reducida a condición de cuento infantil o puesto en el cajón del folclor; sin embargo, otras tan exógenas como la de David siguen siendo sagradas. Las fábulas de otros dioses como Venus o Zeus tienen carácter de “clásicos fundantes” haciéndonos creer que el origen de nuestra identidad es únicamente grecoromana y judeocristiana. ¿Y el Cipitío?

La nuestra pasa a ser solo una leyenda pipil. Siendo que no representa a ninguna ciudad en su contexto, sino que es un personaje vivo y latente, al que hay que echarle una ojeada a la hora de tomar decisiones históricas, estoy seguro que anda por ahí con un aura reluciente, con una sonrisa menos dura, más contundente y más dulce que una piedra por lanzar. Sé que tiene, hoy por hoy, una esperanza y que pase lo que pase, vivirá por siempre.

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