EL PARNASO

EL PARNASO

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1.

Daniele Trottier

(Escritora canadiense,
Nuevo Diario, Nicaragua)

  El Parnaso … un título corto, en realidad un enunciado compuesto por un artículo definido y su sustantivo, y uno sabe que un artículo definido define. Ahí está, esa partícula definitoria nos está introduciendo desde la carátula a un mundo preexistente, no cualquiera, no a un mundo entre tantos, sino a este mundo: El Parnaso. No hay otro y el lector siente ya imperceptiblemente que entra en el vestíbulo de un mundo seleccionado por el narrador/autor, y eso desde la primerísima página. Acaso un artículo definido no nos pone ya la pulga en la oreja: sí, nos programamos para ingresar a un mundo (pre)construido. Y ya intuimos que lo (pre)construido conlleva su irreverencia, porque para qué construir algo si no es para subvertirlo.

Y ahora, qué hay de ese mundo preestablecido, como una mesa puesta en espera de los convidados… El Parnaso. Parnaso. Sin duda un referente cultural/histórico fuerte, como una lápida o una columna dórica. Y ahí surge el primer choque de sentido, entre un paratexto/contexto (autor salvadoreño, tema centroamericano, tiempo de guerrilla y exilio) y un monumento marmóleo llamado El Parnaso (mundo grecorromano, cultura clásica, paradigmas elevados). Primera interrogante: ¿Qué diablos hace semejante título en semejante texto? ¿Cómo el clasicismo venido del Olimpo, pues de eso se trata, puede revolcarse con lo que uno sospecha como convulso, azaroso, enclenque, subterráneo, clandestino?
El Parnaso, en toda su ostentosa enunciación, arrastra en su campo semántico las mitológicas imágenes griegas del monte Parnaso en Fócide, dedicado a Apolo y a las musas. Eso ya es monumental como origen e intertexto. Pero también activa otro sema, el de Los Parnasianos, un movimiento literario compuesto por poetas, por ahí del siglo XVII, que se entregaban al arte por el arte, como si fuera una esfera perfecta, desligada del terrenal mundo en que vivimos. Y, curiosamente, de eso se trata, de una mansión de dos pisos con sus excelsos anfitriones del Olimpo/poetas sagrados viviendo en las alturas eternas y, en el primer piso de todos los infortunios, los faunos y deidades menores de los bosques y ríos que somos nosotros, los afanosos mortales y centroamericanos de sobra.

Porque ya este nombre está cargado de un sentido porfiado, una demasía que lleva el peso de magnos “modelos”, un calco de algo más sobre nuestros magros hombros de hombres y mujeres de maíz. Pues copiar a los Clásicos, además del mismo hecho de copiar (pienso en el inefable Sísifo) que no deja de ser un trabajo en sí (pienso en la lápida intertextual), implica traerse a cuestas modelos importados, a veces pomposos, en difracción constante con la realidad del importador. Y ahí me pongo a relacionar ciertas actitudes y modelos revolucionarios importados con eso del Parnaso y su remesa de dioses, y en un sentido más general del manejo (torpe) de modelos foráneos. Como que el lío de esa mansión de dos pisos, con inquilinos tan distintos, se anuncia en el microcosmo de un cierto Américo Ochoa, él mismo mandado a llamar por el mismísimo icono americano …

Este título, por lo visto, lleva implícito su distancia irónica/humorística (sarcástica a veces) del trasiego de vidas que se da en esa mansión de dioses mayores que lidian con sus réplicas terrenales, divinidades menores o venidas a menos, en un contrapunto constante y divertido, y a veces tierno. Los hay de todo tipo, pero invade casi todo el espacio la figura erecta del fauno, representación perfecta de seres irreverentes con remanentes de una divinidad selvática o precolombina, o simplemente erótica. Eros silvestre que permite a sus personajes alcanzar la divinidad en esa nuestra tierra de infortunios y exilios “para que no se nos olvide el camino de los sueños, el camino del Parnaso verdadero, del universo que palpita sin cesar, mirándonos la vida con sus ojos grandes …”

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