El asunto del Bien y del Mal frente al televiso

El asunto del Bien y del Mal frente al televiso

El asunto del Bien y del Mal

frente al televiso

    I.

En alguna ocasión mi amigo Óscar Villalta Callejas me preguntó cuál era mi opinión sobre el bien y el mal. Tiempo después he decidido expresar mi opinión e indagar sobre el asunto. Por supuesto, en la interrogante caben otras: por ejemplo, en la galería del mito y de la fábulas podemos asistir hasta al instante en que Dios sopló el barro y preguntarnos ¿alguien se murió de risa el día inicial?
           Algo pudo haber fallado en ese momento, puesto que los finqueros de el Paraíso se portaron mal y la perfección sucumbió. ¿Triunfó el mal desde entonces? Bueno, es un espacio y situación de mito; además, el representante del catolicismo, Juan Pablo II, clausuró el solar de el Paraíso y dio carácter de fábula a la idea de creación mediante el Génesis.
          Antes, yo creía que tenía parientes y amigos acá en la Tierra y en el Paraíso, ahora tengo que aceptar que solo acá. Mintió el catecismo, me estafó la iglesia vendiéndome una finca que nunca existió. La caída del paraíso por ser exceso de fantasía, equivale tanto como si un agente de bienes y raíces me vendiera un apartamento en Ciudad Gótica, yo le diera los ahorros de toda mi vida, esperando salir de noche a la azotea con la expectativa de ver algún psicópata enmascarado o alguna gata disfrazada, tan tierna como asesina.
          En la galería del pensamiento filosófico Aristóteles nos indica que “El Bien” es un fin Supremo del hombre. Dice Aristóteles:

         (…) Si en todos nuestros actos, como en la ciencias que acabamos de citar hay un fin definitivo que quisiéramos conseguir por sí mismo, y en su vista aspirar a todo lo demás; y si, por otra parte en nuestras determinaciones no podemos remontarnos sin cesar a un nuevo motivo, lo cual equivaldría a perderse en el infinito y hacer todos nuestros deseos perfectamente estériles y vanos, es claro que el fin común de todas nuestras aspiraciones será el bien, el bien supremo. ¿No debemos creer que, con relación a la que ha de ser la regla de la vida humana, el conocimiento de este fin último tiene que ser de la mayor importancia, y que a la manera de los arqueros que apuntan a un blanco bien señalado, estaremos entonces en mejor situación de cumplir nuestro deber?
(Aristóteles, Moral, a Nicómaco, Selecciones Austral, cuarta ed. Madrid, 1984).

        Como es notable, hay muchas cavidades donde profundizar sobre el tema. Podemos diferenciar, por ejemplo, que entre la vida y la muerte hay una condición natural que no podemos cambiar. La vida no es el bien y la muerte no es el mal. La vida es la vida y la muerte es la muerte. Pero sucede que, en nuestra condición humana, racional y sensorial, entre la vida y muerte media el dolor.
Por ejemplo, aceptamos la crueldad y el suplicio que se produce en la cadena alimenticia aún cuando la muerte sangrienta del ciervo por el tigre o el león sea angustiosa; más aún, siniestra o tétrica. Lo macabro de ese acto continúa cuando el depredador sacia su hambre, abandonan la presa y llegan escuadrones enteros de limpieza, como los buitres o las hienas, hasta que finalmente las hormigas pulverizan las médulas de cada hueso y guardan las partículas para el próximo invierno. Tal acto no puede ser evitado, es digno y es bello.
         Nadie que haya presenciado, aún por en documentales, el acecho del tigre al ciervo, la exaltación del ataque, la huida y la resistencia inútil de la presa, podrá negar que es un acto único. Cuando uno, dos o tres depredadores se organizan para atacar a una manada de antílopes, por ley natural, el que sucumbe es el más débil, ciego, lisiado o recién nacido. No hay ningún otro factor que el natural.
De esa manera, buscando en las galerías de la explicación un fundamento distinto del mito o de los planteamientos filosóficos de Aristóteles, de J. J. Rousseau y de otros pensadores consultados, encontré un recurso importante: el televisor. En uno de esos programas de National Geografic, o algo así, vi lo siguiente:

         El documental inicia presentando una de esas grandes sequías producidas por cambios de estación cuando el pasto desaparece por completo y las grandes manadas de renos y antílopes tienen que emigrar. El abrevadero ha sido reducido por el clima a su mínima expresión y tomado por casi todas las especies desesperadas por la sed. El asedio de unos contra otros es letal, caótico. Cocodrilos e hipopótamos ven el final de su fiesta.
         El éxodo es inminente. Alguien da la señal, la manada se mueve, en un principio orientada por su instinto, luego por el desespero; los leones se percatan de la fuga que se produce en su despensa y atacan. La estampida es brutal larga y tortuosa, muchos quedan en el intento de escape.
        Luego de ancho trayecto, lejos de los leones, en medio de una paz exasperante y sorteando peligros enfrentan un gran río. No hay manera de evitarlo, hay que cruzar. La violencia del caudal es aterradora; el porcentaje de ejemplares que perece en el torrente es estrepitoso; las madres que sobreviven gimen de dolor, inútiles ante la pérdida de sus crías arrastradas por la turbulencia. Tal catástrofe desmejora sustancialmente a la manada, pero subsiste.
        Después de un largo viaje encuentra abundante pasto. Llega la bonanza y la misericordia de la primavera. Hay abrevaderos y pasto en abundancia. Llega la época de celo, el romance, la preñez y el parto. La manada se repone. ¡Viva la orgía¡ Pero el rebaño tiene que regresar a su hogar: por el mismo camino y por el mismo río.

¿Dónde está el mal? ¿Dónde está el bien?
¿Quién triunfa?

           II.
         En mi ánimo de escudriñar sobre el tema para poder discutirlo con mi amigo Óscar, seguí indagando, y encontré con una cita:
         El desarrollo del hombre que Rousseau nos presenta en el “Segundo Discurso”, es un desarrollo perjudicial, porque destruye aquel ser inocente, puro hermoso y fuerte, que era el hombre natural. En su lugar, encontramos al hombre de nuestros días, malo, débil, egoísta y en constante lucha de unos contra otros. El hombre naturalmente no es un lobo para el hombre pero, desgraciadamente, el desarrollo social lo transforma en ese ser perverso, que vemos todos los días en nuestra vida.
(El Contrato Social; J. J. Rosseau, EDUCA, San José, 1996, 1ª ed. La cita pertenece al Prólogo de Manuel Formoso Herrera).
          Quise dilucidar con eso sobre la naturaleza humana, es decir, nuestra complejidad con la cual vanagloriamos por ser poseedores del raciocinio. Solo conocemos a medias algunos factores biológicos e instintivos de los demás seres vivientes, los consideramos inferiores, los despreciamos porque no los entendemos; en nuestra ignorancia y envidia oculta, acudimos a la venganza; los cazamos, destruimos su hábitat, etc.

           En ese afán me encontré de nuevo frente al televisor:
          Esta vez, la escena comienza con el sonido de un cuerno y los aullidos de unos perros de caza, risotadas y cánticos en medio un bosque de un castillo medieval. Es un documental sobre las monarquías europeas que han desarrollado, junto a los plebeyos, un rito macabro, donde el derroche y saña es incalculable. Eso incluye típicas parafernalias, caballerizas exclusivamente cuidadas para la monta persecutoria, jaurías adiestradas para satisfacer lo insaciable: la muerte, el rastreo, el acoso, la tortura deliberada en la caza de la zorra. La faena concluye en que el vencedor es el que tiene el mayor número de colas a su alcance.
          Este desenlace triste para la zorra, sus cachorros, sus familias, sus madrigueras, su especie, también tiene otras connotaciones; algunas de ellas para justificar la caza: se ha dicho muchas veces que son una plaga, que son dañinas, etc., para añadir al placer un poco de venganza. Peor aún, se ha intentado llevar su imagen a un plano moral; en caricaturas de la Edad Media se simbolizaba a las clases burguesas con la imagen de zorro. Más atroz todavía, el machismo para degradar, insultar y atribuirle todas las maldades habidas y por haber a una mujer se le ha puesto el mote de “zorra”, para justificar también la otra maldad contra la mujer.
          Para unir analógicamente las dos cosas, la de insultos a las clases sociales altas e insultos a lo femenino: en algunos sitios de Europa se hacen chistes, como por ejemplo: “la última zorra que cazó la monarquías inglesa es … (fulana)” , “la última zorra cazada en España es Leticia”, “la zorra, aunque se vista de princesa, zorra se queda”. Allá ellos, sus monarquías, sus chistes e insultos. No recuerdo pero creo que el documental termina en una orgía.
          La justificación para la matanza masiva de animales se sigue clavando en el inconsciente colectivo cuando vemos magnas producciones cinematográficas como Tiburón, Cocodrilo, King Kong, y otros. Por supuesto, justificar las matanzas nos libera de la culpa, y, no es que la caza por siempre haya tenido esas connotaciones atroces. La caza en el contexto del hombre primitivo es otra cosa. Actualmente también hay culturas que practican la caza por necesidad y tienen una concepción digamos holística de la vida y el universo; piden permiso a sus dioses, sus elementales o a la naturaleza cuando ejecutan un sacrificio. Es decir, el placer y la tortura no son la causa del sacrificio.
          No se trata de agotar aquí todos los ritos macabros del hombre moderno contra la naturaleza, porque podríamos hablar anchamente de circos de animales, la matanzas de bisontes en Norte América, zoológicos, tráfico de pieles o de marfil, apuestas en peleas de gallos o de perros, en fin; pero sí se trata de concordar la mano criminal del hombre de nuestra época con el tema del bien y el mal.
          Seguí indagando y de nuevo me encontré frente al televisor. Esta vez, pasaban una corrida de toros, pero solo pude ver el final, cuando el torero se descapota, tiene la oreja del semoviente en la mano, luego ensarta la espada hasta el fondo; el animal cae abatido. El gran público aplaude, ovaciona, el matador lanza su bonete de triunfo.
          En fin, creo que esta vez el televisor me ayudó, tanto como los libros, para ahondar un tema de discusión con mi amigo Óscar. No escribo más porque tengo palomitas de maíz listas para ver Troya, con Brad Pitt.

Publicado en www.surysur.com

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américo ochoa .-  
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