Biografia

Biografia

 

En San José efectúa varios oficios para sobrevivir, realiza luego estudios de arquitectura y diseño y termina siendo editor y diagramador de importantes editoriales como la célebre EDUCA, tristemente clausurada. Y desde entonces empieza a enhebrar su sombra con palabras y papeles en un intento por recapturar su infancia campesina y su identidad pipil.
Y bien es sabido que la poesía salva. Mucho más que las balas y que las trincheras. Porque la poesía es la posibilidad de encontrarnos con el otro yo para comunicarnos con los demás. Y en ese ejercicio se construye y desconstruye nuestra personalidad, de tal manera que se pueden recuperar el tiempo y los espacios perdidos. Ni el psicoanálisis logra tal hondura y tal identificación, es decir una terapéutica que también es hermenéutica, por tanto una estética.
Por esa senda en 1989 nos sorprende con el poemario A la hora del sol que comparte con Jorge Arturo, ese poeta costarricense precursor de las nuevas corrientes poéticas y que hoy está invisibilizado, el Premio Juan Ramón Molina que a la sazón organizaba y entregaba EDUCA.
Y es que este poemario irrumpe con una frescura y un aire experimental inusitados en la poesía de la década. Combina los comics con cierta mitología propia del poeta proveniente de los bosques europeos y de las leyendas populares de su pueblo. Además, abre literalmente las páginas, en un juego cercano al videojuego, para que nos asomemos a la otra página como si fuese un sueño. En otras palabras, su oficio de diseñador gráfico se combina con la destreza del verso. Y siempre la presencia de la infancia en una urbe deshumanizada.
En 1992 nos entrega Equinoccio, un poemario que continúa la senda mágica donde convergen unicornios con hombres de hojalata a la hora del insomnio. Hay en este libro una búsqueda ontológica y cierta manera de reflexionar desde el hablante para comprenderse a sí mismo, su entorno y su historia. Todo ello sin dejar de lado la fantasía que caracteriza a la poesía “americana”. Y por supuesto, su país, El Pulgarcito, es el telón de fondo de esa búsqueda y de esa reflexión poética.
Círculos viciosos es el tercer poemario de Américo. Se edita en el año 2000. Por cierto, su editor, asumiendo quizás, para sí, la “poca monta” del libro, no le coloca los signos externos de la editorial, desdeñando una producción que contiene un poema ya clásico, el cual se recita en la urbe josefina constantemente: El ángel del bazuco. Nuevamente asistimos a la conjunción de la magia con la realidad de la mano de un Merlín por calles y avenidas, como si del lazarillo de un trompetista ciego se tratase. Y claro, la posmodernidad desnuda en el eros y el tánatos de su precario equilibrio.
Inexplicablemente Américo guarda la lira e intenta con la narrativa. En 1997 publica la novela El Parnaso en San Salvador, y durante este período escribe dos novelas más que aún continúan inéditas. Hasta que ahora se decide a compartir Los bramidos del toro, el cual, de alguna manera, y siguiendo el camino plástico, nos remite a la pintura rupestre.
Contrario a la fuerza de su título, hay en el nuevo libro, que se publica entero en esta antología, una tesitura más pausada, una madurez en el trato con las palabras, que le confieren cierta gravedad. Los temas son los mismos pero ampliados: la infancia, las fábulas, los amigos, la radio, la dama de blanco y el mar como reminiscencia de esa patria inocente que perderemos definitiva e infaustamente en la adultez.
Así se completa la órbita de un poeta silencioso que no hace aspavientos ni aúlla. Un poeta sosegado que mira pasar la barahúnda de la vida desde su ventana, casi en retrospectiva, pero no sin cierta nostalgia y dolor. Porque su poesía es básicamente, como toda buena poesía, humana, demasiado humana.
Vargas Araya/Monterrey, marzo 2010.

 

 

SEMBLANZA DE AMÉRICO

Por Tomás Saraví

           Esta es la historia (diáfana) de un niño que dio vueltas por el mundo, por la novela, por la poesía, por las utopías sociales.

Ese niño permanece incólume. nadie detiene su palabra y sus sueños.

 

           Venid.

           venid a mí arcángeles de luz

           a mí,

           a mi sed

           de niño ahogado en el río de los sueños

           Venid,

           que ni toda la fe fue posible

           ni toda la risa suficiente.

 

Fue Ulices. Se cruzó con figuras maravillosas. Una de ellas pudo ser Venus.

         Le ofrecí Cielo y Tierra.

           Naufragué en los costados de su tatuaje.

 

Atravesó el carnaval del mundo. Y con valiente ironía desdramatizó aquellos acontecimientos.

           Saqué del baul mi traje de bufón,

           La polillas se reían de mí.

           (…) El ratón de la esquina reía.

 

Fue Simbad. El niño lo siguió sin descanso. En el largo camino no perdió un ápice de su triste alegría, de su fe inquebrantable, a pesar de los círculos viciosos, de las tormentas que golpearon a su pueblo, de las que ciernen sobre el mundo.

 

          De más está decir

           que la infancia

           no me alcanzó.

San José, año 2000

Oda en plan de joda a Américo Ochoa

Adriano Corrales

 En San Miguel escuchamos Los Torogoces
Despedazaban imágenes con adjetivos atroces
Homenajeaban de tu ciudad a otro poeta
El nunca bien ponderado maestro Manlio Argueta

Y se daban coces
De la tarima a la jeta
De manera tan obscena
Como perros y gatos en La Bombonera

Así pensé también homenajearte
Escribirte una oda para reivindicarte
Un canto epónimo a tu ciudad
Que conciliara tremenda barbaridad

Y así como en el arte
Sin mezquindad
Te entrego una oda
Sencilla / cordial en su elocuencia

Y lo hago con máxima responsabilidad
Conocedor de tu estima y modestia
Lo hago fuerte como tu cuento del lobo sin la loba
Así como sos hermanito / poeta Américo Ochoa

(Del libro San José varia, pág. 13)