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Mes: marzo 2017

Un boceto para Romero

Un boceto para Romero

Marzo: un boceto para Romero

AMÉRICO OCHOA.*

 

          El 24 de marzo de 1980 fue asesinado el Arzobispo de San Salvador. Monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez. Nació en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, El Salvador en 1917. Tomando en cuenta lo remoto de su nacimiento uno puede construir una imagen en sepia, con callejas de polvo y piedra y casas de adobe y teja…

          Pero también puede construirse un holograma completo y colorido con ríos, montañas y cataratas que rodean la zona; una actividad campesina permanente, la afluencia de comunidades indígenas cercanas; un comarquino desarrollo comercial y cafetalero.

          Hago mención de este contexto de tiempo y lugar para recalcar que su origen suburbano está en relación con un tejido de miseria y desigualdad generalizada, donde cualquier atisbo de justicia era prácticamente nulo en el paisaje social en el que Romero crece.

          No procede de una familia poderosa, puesto que su padre era el telegrafista del pueblo y su madre encargada de correos. Una vivencialidad tan profunda para la sensibilidad de un ser como Romero, no puede sino calar hondo en sus decisiones y en su destino profundamente cristiano.

Estos factores contribuyen, posiblemente, a su conversión posterior de un obispo conservador y remiso al pastor con una entrega sin precedentes a la defensa de los derechos humanos y de los desprotegidos.

          Inicia su camino (montado en una mula) hacia el sacerdocio a los 13 años, cuando ingresa al Seminario Menor de la ciudad de San Miguel, conducido por los padres claretianos. A los 20 años ingresa al Seminario San José de la Montaña de San Salvador, dirigido por la orden jesuita. En 1942 es ordenado sacerdote en El Vaticano.

          Regresa a El Salvador en 1944; para entonces, los movimientos populares habían desarrollado luchas importantes en contra de los desmanes oligárquicos empeñados en mantener un sometimiento infrahumano en contra de la población. La insurrección indígena y campesina de 1932 había dejado una huella imborrable, gigante en la memoria histórica del diminuto país. 30.000 muertos en un periodo de diez días.

          El trauma caló tanto, que por decenios los sobrevivientes y la población en general decidieron no hablar de tan nefasto episodio.

          Tanta saña desatada históricamente contra la humildad de una población analfabeta, descalza, desprotegida, explotada hasta decir basta, tiene sus orígenes en una conquista y una colonización cruenta y usurpadora, que da arranque a una oligarquía que se apodera de la tierra e instaura un régimen violento y despiadado que divide tajantemente al emporio y polariza toda postura política y social.

          El proceso urbano y un enclenque desarrollo industrial revela una clase obrera miserable desde su origen. Este fenómeno da pie al impulso de importantes jornadas de luchas populares, principalmente de obreros, de artesanos y de campesinos en el periodo en que Romero regresa de Roma a El Salvador.

 

          Durante su estadía de formación en Europa, vive en directo una de las fases más duras de la Segunda Guerra Mundial y fue hecho prisionero de guerra en Cuba.

          Fue investido obispo en 1970. El País era ya un polvorín a punto de estallar. Las condiciones deplorables de antaño se habían agudizado y las luchas sucesivas habían logrado una concientización sobre los graves problemas ciudadanos; que, además, se traducía en una formidable habilidad para organizarse. Por su parte, el régimen había desarrollado formas sistemáticas para la represión, pero el caldo de cultivo estaba listo.

          Uno de los detonantes de la época fueron las elecciones de 1972, cuando el ingeniero Napoleón Duarte es postulado a la Presidencia de la República por la Unión Nacional Opositora. El triunfo popular es arrebatado por el régimen, que hacía tiempo se había consolidado como una dictadura militar representante de la despiadada oligarquía. Lo mismo sucedería con la postulación de Ernesto Claramount en 1977.

          A eso se suma el golpe de Estado de 1979 que da como resultado la formación de una Junta cívico-militar de gobierno que tuvo la oportunidad de transformar el país y evitar el derramamiento de sangre; sin embargo, la voluntad política no da para tanto y las clases dominantes prefieren seguir adelante con el pulso político y apuestan sus cartas al desmantelamiento del movimiento popular a punta de represión.

          Tal decisión solo encareció las apuestas y en menos de un año el país estaba en llamas.

          El impulso tan violento de los acontecimientos de la época revelaba que una guerra civil se encontraba a la orden del día. Romero tenía fe en las posibilidades de transformación social que la junta poseía, pero las castas principales no estaban dispuestas a ceder concesiones.

          Es en la década de los 70 que parecen las principales organizaciones populares que aglutinarían a prácticamente todos los sectores de la población: centrales sindicales, obreros, profesionales, formaciones campesinas, estudiantes, pequeños empresarios y demás sectores representados en las organizaciones de masas más combativas hasta entonces: el Boque Popular Revolucionario (BPR), Frente de Acción Popular Unificada (FAPU), Las Ligas Populares 28 de Febrero (LP28), el Movimiento de Liberación Popular (MLP), el caso del Partido Comunista había surgido desde 1930.

          El perfil histórico cambia con la aparición de los brazos armados de las organizaciones de masas manifiestas en estructuras guerrilleras que desplazan rápidamente estrategias de desarrollo inmediato; principalmente con posiciones insurreccionalistas y de guerra popular prolongada. Es de una escisión del Partido Comunista que surgen estas organizaciones político-militares a formar parte de una lucha popular ya encarnizada en la sociedad salvadoreña.

          Aparecen las Fuerzas Populares Liberación Farabundo Martí -FPL, El Ejército Revolucionario del Pueblo –ERP, la Resistencia Nacional -RN; participa también el Partido Revolucionario Centroamericano –PRTC. Estos núcleos iniciales comienzan inmediatamente una operatividad guerrillera a nivel nacional que, a inicios de los años ochentas conformarían el FMLN.

La maraña social de la época era compleja y aceleradamente cambiante. En esa complejidad social, Óscar Arnulfo es nombrado por el Vaticano como Arzobispo de la Arquidiócesis de San Salvador 1977. Su nombramiento fue recibido con beneplácito por la estructura dominante, la oligarquía y el Estado; por su formación en la Santa Sede podían ver en Romero un aliado, puesto que incluso había sido alumno directo de quien fuera el Papa Pablo VI.

          ¡Sorpresa! La cruda realidad de miseria, desigualdad y represión cala de sobremanera en la conciencia del pastor.

          Y es que Romero no cambia de bando, porque no tiene más bandera que los pasos de Cristo; simplemente asume una conversión cristiana muy honda y conmovedora venida desde el contacto directo con los humildes, los desprotegidos. Su única inspiración fue siempre la providencia amorosa de Dios, el Evangelio.


          Siendo un profundo conocedor del misticismo religioso podemos asumir que Romero entiende la Trinidad como la relación entre el Padre; representante de la infinita bondad, lo desconocido y el bien posible; el Hijo como la realidad viva, tangible; el pueblo como el cuerpo de Cristo vivo y sufriendo, y el espíritu Santo como el dador de la sabiduría para entender esa relación y la actitud para la conversión.

          Romero ve la necesidad de la transformación profunda más allá de las reivindicaciones sociales y políticas; pugna por una paz con justicia social; pero además insiste en la conversión del espíritu para completar esa Trinidad, para contribuir con la evolución humana y habla del reino de Dios aquí en la Tierra. Es decir, que a pesar de la angustia, la pólvora “debe prevalecer la Ley de Dios” y sale a defender y confortar a los afligidos como un guía espiritual y no como un revolucionario de manuales y panfletos.

          El mal está ahí, personificado y lo encara aunque le cueste la vida. Y es desde esa perspectiva que también asume y conoce su destino con temor, con preocupación; pero no abandona a sus ovejas y consagra su sacrificio a Dios y a los humanos. Asume una posición defensora, de alivio, de consuelo para su pueblo.

          Esperanzador como ninguno, supone que de esa situación de dolor saldrá un hombre nuevo, renovado, en resurrección; tal como lo manifiesta en una de sus homilías: (…) En el nombre de Jesús de Nazaret levántate y camina, promuévete; y no queremos hombres masa, no queremos hombres que los manipulen; queremos hombres verdaderas imágenes de Dios (…(

          La complejidad del desarrollo de la organización popular incluye que estas tengan a su base a las organizaciones eclesiales y el amparo de la conciencia hondamente cristiana de muchos sacerdotes. Parte de la intelectualidad de la época y de la dirigencia popular tenía una formación secular muy arraigada, generalmente jesuita. La represión no escatima y arremete contra quién se atreva a enfrentar la estructura, sea cual sea su fundamento.

          Así, la orden hierática no estaba exenta de tal situación y uno de los sacerdotes más allegados de Romero, el padre Rutio Grande es acribillado el 12 de marzo de 1977 junto a otras dos personas, una de ellas menor de edad. Este hecho encara al pastor con el lobo. Romero se termina de dar cuenta que el mal está personificado y deambula en el país. La bestia amenaza su rebaño y sale con toda su valentía a defenderlo.

          La lista de activistas religiosos asesinados en El Salvador es muy grande, incluida una masacre de monjas extranjeras de la Orden de Maryknoll en diciembre de 1980 y la masacre de los jesuitas dirigentes de la Universidad Católica Centroamericana, el 16 de noviembre de 1989.

          Y es que cuando los tambores de guerra afinaban la puntería de fusiles, la única armería de Romero —y el más peligroso de todos los arsenales— era su poderosa fuerza interior; su Fe y gratitud, su infinito amor al prójimo y a Dios, así como una estimación superior por la vida humana.
          En alguna ocasión dijo “solo Dios es dueño de la vida”.

 

          El 23 de marzo de 1980, en custodia de sus ovejas, el pastor hace temblar a la bestia que acecha su gigantesco rebaño. Y no es para menos. Sabiendo que la estructura militar tiene como eje principal la obediencia, lanza una orden de inspiración sublime a las catervas soldadescas:

          “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre debe prevalecer la ley de Dios que dice ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla.

 

“Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado.
“La iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación.
“Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre.”

          Ese día, su voz fue contundente en defensa del sétimo mandamiento y sin más arma que su palabra, hace trepidar los andamios castrenses: En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más y más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: ¡cese la represión!

         

          Horas después su sangre fue derrama. La sangre de un hombre dulce y bueno.

          Se apagó su sonrisa de jaguar; no su espíritu de firmeza, de ungido dignificador de la condición humana y su luz brillará desde las estrellas hasta los ojos de los más humildes y de quienes tengan esperanza en la plena transformación, no solo política y material; sino, de evolución espiritual hacia la bondad plena y soberana, como debe ser; y que la paz esté con nosotros.

Foto http://elsalvadortrespuntocero.com

   Sotana de Romero. Foto Américo Ochoa.

   Detalle Tumba de Romero.  Foto Américo Ochoa.

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Referencias bibliográficas:
Cardenal, R., I. Martín Baró, J. Sobrino, La voz de los sin voz, la palabra viva de Monseñor Oscar Arnulfo Romero; UCA Editores; 2007.

Menjívar Ochoa, Rafael, Tiempos de locura, El Salvador 1979-1981; FLACSO de El Salvador, Índole Editores; 2008.
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* Poeta.